El amateurismo de Javier Fernández

15/05/2017

•  20:30 h.

El Sporting está condenado a la mediocridad desde hace 23 años. No se puede esperar otra cosa mientras la gestión esté en manos de la familia Fernández. Es la lamentable cantinela que cualquier sportinguista con dos dedos de frente debe tener más que asumida en su fuero interno por más que le duela ¿Por qué? Porque los Fernández, José y Javier, han sido y son unos amateurs llevando las riendas de una Sociedad Anónima Deportiva en una de las ligas de fútbol profesional más importantes del mundo. El Sporting lleva alejado de cualquier criterio de gestión rigurosa y seria en todas sus áreas casi un cuarto de siglo. El resultado han sido dos quiebras económicas con sus respectivas casi desapariciones del mapa, una década en Segunda División y tres descensos. No hay quien de más.

Una vez consumado su primer descenso, Javier Fernández hizo la ronda de rigor este domingo por los programas deportivos de ámbito nacional sobreactuando un fingido acto de arrepentimiento por los errores cometidos. Entre otros actos de palabrería, prometió el enésimo ¿proyecto? competitivo y fijó el horizonte de una venta de su mayoría accionarial en 2018. Pero lo realmente destacable es que se mostró comprensivo con las críticas hacia su gestión e incluso con las protestas hacia su persona. Animando incluso a pecho descubierto delante de los micrófonos a la afición rojiblanca a descargar su ira contra el palco y no contra los jugadores. Curioso que lo haga en mayo de 2017 y no hiciera lo mismo durante la temporada 2014-2015, cuando el Sporting estaba a un centímetro de un colapso general que evitaron Abelardo, su cuerpo técnico y un grupo de futbolistas de la casa y de fuera que por cierto no cobraban ¿Por qué sí ahora y no antes?

Obviamente en la temporada 2014-2015 estaba con el agua al cuello y a su agonizante necesidad de vender solo acudían tahúres y vendedores de humo. La inconmensurable suerte que tuvo el hijo de José Fernández es que le cayó llovido del cielo un ascenso para salvar su herencia. A un Sporting ruinoso que en el mejor de los casos se iba directo al fútbol no profesional, se le abrieron de par en par las puertas del paraíso de los millones de la Liga y la televisión. Fue entonces cuando el presidente rojiblanco pergeñó su plan de sanear las deudas de su única propiedad valiosa, el Sporting, para acicalarlo al máximo de cara a una lucrativa venta. Lo logró y por eso hoy las protestas le resultan indiferentes. El negocio está totalmente asegurado y poco le importa quien quiera vociferar en su contra. En cuanto en diciembre se liquide la última deuda concursal subordinada con Hacienda exonerando a su familia de cualquier responsabilidad patrimonial y el Ayuntamiento de luz verde a la recompra de Mareo, el golazo por la escuadra estará a punto de caramelo.

Javier Fernández ha conseguido blindar su negocio soñado siendo un amateur redomado en esto del fútbol. Un indiscutible exitazo personal y una condena para el Sporting. Porque ese amateurismo galopante en todas las áreas de la sociedad anónima deportiva lleva carcomiéndola con él y con su padre sin tregua. Y eso que después del último ascenso, hubo un momento en que el hijo de José Fernández sintió la tentación de hacer un intento por profesionalizar la SAD. Pero pronto recapacitó y se dio cuenta que mejor que contratar a un sustituto prestigioso para reemplazar a Amado en el cargo de director general, se ahorraba ese dinero y con el asesoramiento del abogado Ramón de Santiago, lo hacía él. Además, así la excusa para ponerse un sueldo estaba servida en bandeja de plata. Otro tanto pasó con la remodelación o ampliación del consejo de administración. Para qué buscar personas independientes ajenas a su radio de acción más íntimo que pudieran tener una voz quizás incómoda. Lo mejor es tener un órgano de gobierno de amigos que besen por donde pises. Son solo dos de los innumerables ejemplos a relatar del entrañable "calorín" de la intrahistoria de la Casina de Cristal.

En la parcela deportiva, el amateurismo de Javier Fernández hace bueno el dicho aquel de "de tal palo tal astilla". Al igual que durante el mandato de su padre y acólitos, el Sporting carece de identidad. Con el hijo de José Fernández el Sporting no ha sabido ni sabe lo que es. Y por supuesto no tiene ni idea de lo que quiere ser. Adolece de un estilo de juego definido consensuado que le aporte una personalidad que le haga identificable para el resto y carece de un plan de formación sólido de futbolistas en su cantera para poder nutrir de una nómina de jugadores solvente al primer equipo con continuidad como pasa en otros clubs y SADs.

Es inconcebible que en Mareo no sean capaces de sacar jugadores con asiduidad que lleguen al Sporting y se consoliden, para posiciones como por ejemplo lateral, central o centrocampista defensivo, en las que priman los mecanismos y automatismos del puesto. Algo que se puede enseñar. Porque nadie pide que se insufle el talento necesario que posee un medio centro creativo, un media punta clarividente, un extremo con desborde y velocidad o un delantero goleador. Porque el talento es innato en su inmensa mayoría. Pero la realidad es que salvo honrosas excepciones, en Mareo no están los mejores entrenadores posibles para el fútbol base rojiblanco. Priman otros requisitos para estar ahí. Javier Fernández lo sabe y lo consiente y ha sido y será incapaz de meter el bisturí que hace falta en la Escuela de Fútbol para sanearla a fondo.

A nivel del primer equipo, Javier Fernández cometió el tremendo error de otorgar a Abelardo, tras el ascenso y la permanencia, unos poderes omnímodos que no le correspondían como entrenador y que chocaron de lleno con la responsabilidad que teóricamente debía estar ceñida al ámbito de actuación de Nico Rodríguez. La fricción continua entre el director deportivo y el Pitu fue incapaz de encauzarla y mucho menos de poner a cada uno en su sitio en beneficio del Sporting. Le faltaron,omo tantas otras veces, agallas. Eso fue el germen de una planificación deportiva bicéfala y constantemente sometida a una maraña de tensiones. Y cuando no se tiene una identidad definida por unos criterios profesionales se actúa a bandazos y puedes acabar metiendo en nómina a dieciséis futbolistas nuevos y seguir arrogándote pomposamente la etiqueta de equipo de cantera. Así de alucinantemente incoherente es todo.

Como que hasta hace bien poco el propietario no se haya puesto a la tarea de empezar a sondear un relevo a Nico Rodríguez pese a la deriva deportiva a la que llevaba sometido el equipo desde el pasado mes septiembre. O que el gijonés nacido en Francia, independientemente de su nada lustrosa hoja de servicios, hubiese seguido ostentando su cargo si llega a sonar la flauta de la permanencia más barata desde que las victorias valen tres puntos. Resulta escalofriante pensar que el Sporting es igual de amateur en su retorno a Segunda División que lo era cuando los guajes y Abelardo lo rescataron de allí. Pero así es. Ese es el grandísimo fracaso. Un fracaso que lleva el sello indeleble de la autoría de Javier Fernández. Aunque al propietario de la SAD no le inquiete porque el negocio ya lo tiene encauzado. Para sufrir las consecuencias de su amateurismo ya están otros, los sportinguistas.